Este trabajo busca formas de expresión contenidas entre lo lírico y lo cotidiano, situándose entre sensibilidades de tradición oriental y occidental. A través de la imagen de la mano, el tiempo no se representa de manera directa, sino que se deja percibir en sus huellas.
Por un lado, actúa como una fuerza imperceptible que empuja todo hacia adelante; por otro, se inscribe lentamente en la superficie de la piel — en las manos de una mujer anciana, donde años de vida se acumulan sin interrupción.
A lo largo del día, desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, cuando la luz se retira, los gestos se repiten de forma casi imperceptible. En estos intervalos — entre abrir y cerrar, sostener y soltar — aparecen pequeñas variaciones: movimientos leves, pausas, ritmos que apenas se fijan.
Las manos no retienen lo que pasa, pero registran su tránsito. En ellas, el tiempo no se muestra como una abstracción, sino como una presencia continua, que se deposita, se desplaza y permanece.